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Sri Lanka January 15, 2006 english

Posted by Belle in : Sri Lanka , trackback

Realmente nos gustó Sri Lanka, pero cuando llegó la hora de partir, también tení­amos ganas de irnos. El puerto donde TENí‰S que quedarte, ya que en Sri Lanka, paí­s en guerra civil, no permiten anclar mar adentro, es un lugar extraño. Además del dispensador de cemento que sacudí­a polvo hacia nuestro barco y pulmones a diario, al llegar nos informaron, con una amplia sonrisa, que si de noche al salir del puente flotante corrí­amos en la dirección equivocada, podí­an dispararnos. ENCANTADOR. Bueno, teniendo en cuenta mi fantástico sentido de orientación, mejor que me disparen ahora mismo. En broma preguntamos si éso era todo. Aparentemente no. Si suena una alarma, tenemos que ir corriendo a nuestros barcos y quedarnos una hora adentro. Tampoco se permiten mujeres en el puerto después de las 6 y media de la tarde. Bueh, quién dice que yo soy una mujer VERDADERA. Además, la caminata a la salida del puerto, hacia el pueblo de Galle, es larga, por una calle polvorienta, con partes extrañas de pescados podridos de vez en cuando. Ah, ¿les mencioné los disparos nocturnos que tiran hacia el agua para matar a esos malvados rebeldes Tamil? Por si no las han escuchado, les cuento que son unas explosiones agudas y fuertes. ¡Prácticamente me daban un ataque al corazón todas las noches! En especial la que le erró al agua y explotó en el aire. ¡Es increí­ble que los chicos no se despertaron! ¡Son dignos hijos de su padre!

El primer dí­a que fuimos a la ciudad, Wences y yo salimos con un artí­culo del New York Times que me mandaron mis padres sobre Sri Lanka. Dimos una vuelta con un taxi tuk tuk para hacernos una idea del lugar. Galle es una ciudad bulliciosa. Las calles están llenas de mujeres vestidas con unos saris hermosos, hombres que caminan descalzos con unos elegantes sarongs a rayas y camisas de manga larga abotonadas. Unas abuelitas, con el pelo siempre recogido en un moño con unos tops cortos de encaje blanco abajo de sus saris, que dejan ver sus barrigas blandas y ásperas. Acá no se ven polleras por arriba de la rodilla, o mujeres de pelo corto, o maquillaje, ni anteojos de sol. Las mujeres son hermosas. También lo son algunos de los hombres. En general son delgados, de piel oscura, pero el tono de su piel oscila de negro a castaño. Todos tienen un pelo negro y grueso, pómulos altos, y ojos grandes y redondos. A mi no me parecen hindúes, pero nunca fui a India, así­ que no soy quién para decir. Jamás esperamos encontrar tanta belleza en este lugar. Salen de unas chozas, a veces sin agua corriente o electricidad, y están de punto en blanco y elegantes. Me hizo darme cuenta que ya no puedo usar la excusa de que tengo este aspecto porque vivo en un barco. Qué pena.

Primero que nada Wences yo fuimos al fuerte, la parte antigua de la ciudad. También resulta ser 60% musulmana y no sufrió daños por el tsunami porque está rodeada por una muralla de piedra alta y gruesa. Caminamos por las murallas, de hecho por encima de las murallas, porque son tan gruesas que ahí­ arriba es una especie de parque en miniatura, con pasto y unas plantas de vez en cuando, gente que vende todo tipo de cosas, elefantes de madera, a los que he aprendido a rechazar, ya que ahora Dio tiene más de ocho elefantes de diferentes materiales y cuatro camisetas con motivo de elefante. Habí­a un hombre que cerró de un golpe una canasta que tení­a enfrente, abrió la tapa y saltó una cobra. Se supone que es tentador, eso de la ví­bora, pero a Wences y a mí­ siempre nos hace salir disparados. Habí­an hombres con “piedras preciosas” o monedas antiguas, un hombre con el vestidito blanco más dulce, con un precioso borde de encaje, que compré para Luna, la amiga de Dio. Llevamos a nuestro conductor, cuyo nombre resulta ser DD, que es como Luna lo llama a Dio, al Amangala a tomar algo. Era un lugar hermoso, con un aire colonial, un servicio muy hospitalario, habitaciones hermosas.

Nos encantó Sri Lanka. Es cierto que es muy sucio, sí­, que todos nos enfermamos, sí­, a veces no querés comer la comida por miedo al agua con que la cocinaron, pero conocimos alguna gente muy amable, nos tomamos una semana de vacaciones de la mencionada prisión conocida como el Puerto, y fuimos en auto a Kandi, a Sigiryia, a la región del té, y después al Parque Nacional Yala.

Pasamos la primera noche en Colombo, donde hicimos los trámites para nuestras visas para India. Esa noche la pasamos en un hermoso hotel en la costa llamado Galle Face Hotel. Era muy elegante, con techos altos, una hermosa terraza con vista al mar donde sirven todas las comidas y el “high tea”. Nadamos en una piscina divina con vista al océano, que se estrellaba contra una pared de rocas debajo de nosotros. Mientras nadábamos alegremente, Wences miró y se dio cuenta que el hotel estaba rodeado de hombres con escopetas. Todos los edificios cercanos tení­an hombres en sus segundos y terceros pisos que lucí­an todo tipo de indumentaria militar. Quizás esto debí­a hacernos sentir más seguros, pero yo odio las armas. Además, cómo í­bamos a saber quién diablos eran estos tipos, de todas formas. Todos parecí­an estar riéndose y mirando a Dio, que saltaba del borde de la piscina hacia los brazos de quien fuera. Estaba divirtiéndose mucho. Después fuimos a tomar el high tea. No pudimos dejar de percibir que habí­a muchos efectivos de seguridad por todas partes, además de cámaras de periodistas y micrófonos colocados en los lugares con buena vista, pero no tení­amos idea de qué estaba pasando. A la gente de Sri Lanka le gusta la comida en forma de buffet. A la hora del high tea habí­a tantas cosas de aspecto delicioso que no podí­amos parar de comer. Creo que se supone que uno tiene que comer delicadamente unos sandwichitos y quizás una masita diminuta o algo así­. Nosotros no. Encontré a uno de los mozos que miraba estupefacto cómo Dio se comí­a un plato entero de bocaditos. Dio comiendo es realmente digno de mirar. Porque la verdad es que no hay mucha cosa que no coma, y para un niño de su edad, puede tragar una cantidad impresionante de comida. En general a diario come más el resto de nosotros.

Al dí­a siguiente, mientras estábamos comiendo otro buffet delicioso, leyendo el diario, no pudimos dejar de escuchar una animada conversación al lado nuestro. Una mesa llena de toda clase de europeos que tomaban su café, completamente concentrados en lo que sonaba como una sesión muy seria de generación de ideas sobre cómo mantener la paz en Sri Lanka. Ni siquiera estaban comiendo la comida. Eso me parecí­a extraño, porque estos buffet, bueno, son muy populares entre los turistas, y esta mesa ni siquiera parecí­a saber que habí­a un buffet. De repente Wences se empezó a reí­r. Tiró el diario sobre la mesa, que mostraba en la tapa una foto de nuestro hotel, bajo un titular que decí­a CONVERSACIONES DE PAZ EN COLOMBO. Diplomáticos del mundo entero habí­an venido a Colombo y se estaban quedando en el mismo hotel que nosotros. Qué coincidencia. Pero prefiero estar lejos de las conversaciones de paz, que pueden ser blancos atractivos para los inquietos rebeldes.

Después que dejamos todos nuestros papeles para la visa en el consulado, nos fuimos de Colombo para empezar nuestra recorrida. La primera parada fue el orfanato de elefantes camino a Kandy. No creo que nunca vaya a vivir momentos tan hermosos con los elefantes como ese dí­a. En cuanto entramos al orfanato habí­a una botella gigante de leche con la cual Dio alimentó a un elefantito que se tragó la leche de la botella gigante en cuestión de segundos. Un chiquito hambriento. Después todos los elefantes –creo que habí­a unos 75 en total”” se fueron caminando al rí­o a tomar su baño del dí­a. En un lugar donde el rí­o es muy ancho, tienen un restaurante sobre un acantilado, con vista al lecho del rí­o. Fuimos corriendo antes de los elefantitos y conseguimos buenos lugares para poder comer y mirar a los elefantes a la vez. En unos momentos llegaron todos al rí­o, grandotes, bebitos, rápidos, holgazanes. Pudimos verlos nadar, tirarse chorros de agua entre sí­, pelear, uno hasta intentó escaparse despacio y en forma solapada, hacia unos árboles en la orilla de enfrente. Hací­an esos rugidos profundos llamándose entre sí­, y durante un rato, era lo único que se escuchaba. Nos encantó. Yo podrí­a quedarme horas mirando a los elefantes jugar así­. Es tan interesante ver cómo se comportan entre sí­. Dio no podí­a hacer otra cosa que mirar a los elefantes. Estaba anonadado por los elefantes.

A la nochecita llegamos a Kandy, una linda y bulliciosa aldea en las montañas, alrededor de un lago. A todos nos alegró el cambio de temperatura. Llega un momento en que el calor tropical se vuelve un poco aburrido. Está bueno tener una ráfaga de aire fresco de vez en cuando. La noche que llegamos fuimos a ver danza tradicional. Wences y yo estábamos medio esperando no nos gustara. Desde el espectáculo impresionante que vimos en Tahití­, la danza nos ha decepcionado un poco. En Indonesia, bueno, digamos que no entendemos eso de las horas y horas de movimientos lentos y sutiles. Kandy nos brindó una sorpresa muy agradable Primero, sus trajes son hermosos. Unos cuadraditos de metal moldeado en forma de sombreros y unas placas corporales, que recuerdan a una armadura, pero mucho más hermoso. El baile en sí­ es difí­cil de describir porque no se parece a nada que haya visto. Decididamente atlético, aunque elegante. La gente de Sri Lanka hace esa sacudidita de la cabeza que hace la gente de India, esa sacudidita que parece querer decir tantas cosas, que no la puedo traducir. También la usan en la danza. Me encontré moviéndome entre la audiencia, supongo que intentando seguir sus movimientos un poco. Estuvo lindo. Después del baile, caminaron sobre brasas ardientes.

Después del desayuno fuimos al Jardí­n Botánico, donde vimos muchos hermosos árboles y flores, cientos de enormes murciélagos, y casi pisé una cobra. Cuando sacó la cabeza y nos siseó, me di cuenta de lo rápido que podemos movernos todos. Da miedo pensar lo cerca que estuvimos. Aparentemente su escupida llega a 3 metros de distancia y si te alcanza, tenés treinta minutos para llegar al hospital y que te den una especie de inyección, o te morí­s. Precioso. Y estas son las ví­boras que tienen metidas en las canastas en todos los lugares turí­sticos donde les pagás y tocan la flauta, golpean la canasta, y mirás un rato cómo la cobra levanta la cabeza un rato y después se desmaya.
Al dí­a siguiente fuimos a la antigua ciudad de Sigiriya. Según la leyenda, en 477 el Rey Dhatusena de Anuradhapura fue derrocado por su hijo ilegí­timo, y enterrado vivo en una pared del palacio. El hijo legí­timo de Dhatusena, trastornado y probablemente aterrorizado huyó a India, jurando vengar la muerte de su padre. Así­ que el hijo ilegí­timo, Kasyapa, se puso a trabajar. Construyó una formidable fortaleza en la cima de una roca enorme mirando a Sigiriya. Es impresionante, con un palacio, jardines ornamentales, piscinas, todo lo que podrí­a desear un dictador. Años más tarde cuando su hermano finalmente volvió en busca de venganza, Kasyapa orgullosamente lideró a sus tropas, montado en un elefante. Sin embargo, antes de que empezara la verdadera batalla, se las arregló para perderse y quedó atascado en un pantano. Sus tropas lo abandonaron. Mortificado, se suicidó. Qué diferencia hay entre un dí­a y el siguiente. El palacio es impresionante, y toda una escalada. Llevé a Theodore en el cargador Baby Bjorn hasta donde pude, mientras era objeto de todo tipo de comentarios de los turistas, que me miraban luchar por trepar ese acantilado. Algunos eran amables, me ofrecí­an palabras de aliento. Otros decí­an que si yo podí­a, ellos también. Pero otros me miraban como si estuviese loca, poniendo a mi hijo en peligro. Si sólo supieran que vivimos en un barco… Liz acarreó y empujó a Dio gran parte del camino, pero Dio se las arregló bastante bien. Cuando no pude cargar más a Theodore, Wences lo llevó el resto del camino. Fue decididamente un esfuerzo de grupo.

El dí­a siguiente lo pasamos mayormente en el auto. Debe haber sido unas ocho horas de viaje incómodo. Yo llevé a Theo en el Baby Bjorn la mayor parte del viaje para evitar que volara por la camioneta. Liz y David se las arreglaron para mantener a Dio ocupado. Para cuando llegamos a Nuwara Eliya, la región del té, ya era tarde y hací­a un frí­o de morirse. Nos quedamos en un lugar llamado The Tea Factory que era simpático, tení­a unos cuantos detalles pintorescos estilo fábrica. Pero las habitaciones tení­an muchas ventanas y no muy buena calefacción. Logramos hacer que alguien del hotel cuidara a los niños mientras dormí­an, y Wences nos invitó a mí­, Liz y David a una cena de cinco platos en un vagón privado de un tren antiguo. Estuvo muy divertido y la comida estuvo deliciosa. Sin embargo, esa noche nos congelamos. Dormí­ con el bebe en mis brazos, con la frazada tapándonos la cabeza. Estoy segura que la región del té es hermosa, quizás en un dí­a lindo, o incluso con lluvia, pero cuando tu familia no está preparada para el frí­o, te vas a un lugar cálido. ¿Será que me estoy acostumbrando demasiado a los trópicos?

La noche siguiente tuve una agradable charla con Tuta. í‰l y Sana cuidaron a los niños mientras nosotros cenábamos. Tuta tiene talento para los niños. Como padre de dos varones, conoce todos los trucos. Es muy tranquilo y amable con Dio, y tanto él como Theo lo aman. Theo puede quedarse en brazos de Tuta durante una hora sin problema, y a Dio le encanta hablar con él. Bueno, esa noche subí­ a relevar a Sana y Tuta y me di cuenta que era la primera vez que me sentaba con ellos. Charlamos sobre los niños, sobre comida, y después me contaron sobre el tsunami. Ambos perdieron todas sus posesiones, pero ningún ser querido. Tuta me dijo que se sentí­a afortunado porque vio venir el agua. Viví­an en la playa, y en Galle, vivir en la playa significa EN la playa mismo, prácticamente en las olas. Tuta me dijo que el tsunami fue terrible, que cambió todo. Más de un año más tarde, la gente no se habí­a recuperado, ni emocionalmente ni en otros sentidos. Pero Tuta dijo que la parte hermosa del tsunami fue cómo tanta gente los ayudó. Me contó sobre una pareja de Nueva Zelanda que habí­a conocido antes del tsunami. Los habí­a llevado a hacer un paseo igual que el que estábamos haciendo nosotros. Cuando se enteraron que Tuta habí­a perdido su casa, le mandaron US$1.000 para que pudiera comprarse un terreno. Otra gente lo ayudó con su tuk tuk. Fue una época en que la gente hizo mucho bien, dijo. Justo mientras decí­a esto, subieron Wences, Liz y David. Tuta y Sana terminaron sus cervezas y estaban por irse a cenar. Wences les ofreció pagarles por cuidar a los niños, pero Tuta se negó a aceptar el dinero. Para él era importante mostrarnos que el dinero no era todo lo que querí­a. También querí­a nuestra amistad, y se la dimos. Qué hombre tan agradable. Vamos a tener recuerdos de tanta gente fantástica de Sri Lanka.

Nuestra última parada en el viaje fue el Parque Nacional de Yala. Realmente me encantó ese lugar. Nunca he visto tantos pájaros nuevos en mi vida. Me enamoré del pájaro verde come abejas. Son tan dulces, más que nada verdes, con una cresta amarilla y algo de azul desparramado. Estaban en todos los árboles. Pasamos una tarde agradable en la piscina, y nos fuimos a dormir temprano, para descansar para el safari del dí­a siguiente. Al dí­a siguiente Theo y yo nos quedamos con dolor de barriga, pero Dio, Wences, Liz y David tuvieron oportunidad de ver jabalí­es, leopardos y elefantes salvajes, con una elefantita de cuatro semanas, y venados y búfalos acuáticos. Dos familias de jabalí­es estuvieron merodeando afuera de nuestra cabaña durante más de una hora, con unos cachorritos de jabalí­ diminutos, así­ que sentí­ que tení­a la suerte de por lo menos haberlos visto a unos metros de distancia.

Cuando volvimos a Galle fui al médico dos veces y al final logré recomponer mi estómago. La doctora, que era muy amable y por suerte me dio el remedio indicado la segunda vez, tení­a el consultorio más sucio que he visto en mi vida. De hecho, iba más allá de la mugre. Era como una obra de construcción abandonada. No habí­a estantes, apenas unas docenas de cajas de remedios sucias desparramadas por su escritorio. Nada de tomar la temperatura o los signos vitales. Me miró la lengua, me preguntó qué sí­ntomas tení­a, y me dio unas pastillas y una receta para más pastillas. Cuando le pregunté qué pensaba que tení­a, me dijo, “No importa.” Una forma de encarar la medicina tan diferente que en Estados Unidos. El primer dí­a cuando fuimos a buscarla, ya se habí­a ido del consultorio así­ que Tuta nos llevó a su casa. En cuestión de minutos estaba sentada en el consultorio de su casa, otra zona de desastre, y cinco minutos más tarde le pagué dos dólares por la consulta y el remedio. Eso también es una forma de encarar la medicina muy diferente. Si no me hubiera atendido en su casa, hubiera tenido que ir al hospital. Es una pena que en Estados Unidos los médicos casi nunca hacen consultas a domicilio. Parece algo tan sensato, tan civilizado. ¿Por qué vas a pedirle al enfermo que te venga a ver, al enfermo que se siente tan mal que no quiere ir a trabajar, pero igual tiene que ir al médico y diseminar sus microbios por todo el subte, el taxi, el ascensor, y el consultorio del doctor? Me pregunto qué paí­s tiene el mejor sistema médico.

Liz y David se ofrecieron a cuidar a los chicos para que Wences y yo pudiésemos pasar una noche solos. Fue un ofrecimiento muy atento de parte de ellos, y por supuesto, lo aceptamos. Esa noche Wences y yo nos quedamos en el Lighthouse Hotel. Un hotel hermoso con una vista fantástica de la playa, ubicado sobre un acantilado con vista de las olas. Pasamos una noche muy distendida y concordamos en que podrí­amos habernos quedado ahí­ una semana.

Al dí­a siguiente hicimos una fiestita de despedida en el barco. Lo invitamos a Tuta y a su familia, quienes tuvieron que conseguir unos pases especiales para entrar al puerto, ya que no se permite la entrada de civiles al puerto sin esos pases, y un permiso especial para las mujeres estar en el puerto después de las 6 de la tarde. Nosotros pensábamos que los estábamos invitando a tomar unas cervezas con una picada, pero resultó ser un evento complicado y altamente orquestado. Pero estuvo bárbaro. Fue realmente muy lindo conocer a toda su familia. Trajo a un amigo que también trajo a sus hijos, así­ que Dio estaba en la gloria, corriendo por todos lados como un loco. También invitamos a gente de otros barcos, muy agradables. Wences también invitó a un hombre que conoció en el tren, que trabaja en Colombo y viaja todos los dí­as tres horas de ida y tres horas de vuelta. Trajo a su esposa e hijos. Fue una linda forma de despedirnos de Sri Lanka.

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